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Aficionados en Cuba mantienen vivo el mito de las Harley-Davidson

En Cuba no solo los viejos automóviles estadounidenses permiten viajar en el tiempo. Unas 200 motos Harley-Davidson, muchas de ellas muy antiguas, circulan reparadas por la isla. Pese a las dificultades para conseguir gasolina, logró reunirse con sus camaradas aficionados a las Harley-Davidson. Se trata de Carlos Pupo Sablon, un cubano de 34 años, que no escatimó esfuerzos. Se levantó a las cuatro de la mañana y condujo 660 kilómetros su moto durante 13 horas.

En Cuba no solo los viejos automóviles estadounidenses permiten viajar en el tiempo. Unas 200 motos Harley-Davidson, muchas de ellas muy antiguas, circulan por la isla reparadas; están transformadas y mimadas por sus fanáticos. Una vez al año, desde hace una década, estos entusiastas se reúnen durante un fin de semana largo en Varadero, un balneario a 145 km al este de La Habana. Es para «compartir la pasión», según señala uno de los organizadores, Raúl Brito, de 60 años y orgulloso dueño de una Harley de 1960. Este es «el último modelo que entró en Cuba» después de la revolución de 1959. Hasta entonces en la isla había miles de Harley-Davidson, la más mítica de las motocicletas estadounidenses, utilizadas incluso por la policía cubana. Luego, durante los primeros años del poder comunista, el estigma de todo lo que venía de Estados Unidos las dejó en la sombra, pero sin apagar la llama de los aficionados. Antonio Ramírez, de 60 años, un extaxista de La Habana convertido en mecánico, tiene cuatro Harleys, incluido un triciclo anaranjado tuneado. Su primera moto era de su abuelo, después de su padre que «iba a trabajar con ella». Hoy, «las compro desarmadas y las restauro», dice, enfundado en una chaqueta negra y con un pañuelo amarrado en la cabeza. Todos coinciden en que el desarrollo del turismo en Cuba ha facilitado la llegada de repuestos originales en maletas «con familiares, con amigos, con extranjeros» que viajan a la isla. «Antes era muy difícil, se debía inventar todo. Ahora es más fácil importar, pero todavía se inventan muchas piezas hechas a mano». Así lo explica Sergio Sánchez, mecánico de profesión y procedente de Pinar del Río, una provincia a 300 kilómetros de Varadero. De hecho, «quedan muy pocas que sean totalmente originales, casi ninguna, por la falta de piezas»; detalla este cubano que cuando era adolescente sacaba a escondidas la moto de su padre. «Un pistón de 1947 es imposible» de encontrar ahora, dice.

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